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Félix Vida Blog

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Mi eclipse

Publicada el 16/08/202616/08/2026 por Félix Vida

Reconozco que no vi el eclipse del 12 de agosto; sin embargo, puedo afirmar que lo viví. De hecho, creo que todos lo vivimos, incluso sin quererlo.

Personalmente y en las semanas previas, no era un tema que me llamase demasiado. No me creaba especial interés y, el hecho presenciarlo o no hacerlo, no me inquietaba en absoluto. Si pasaba bien y, si no, pues también. Con ese ánimo me fui aproximando a la fecha pero, cuanto más cercana se dibujaba, más espeso se hacía el caldo de cultivo social que embrujaba el evento y más diluida mi falta de interés. Las conversaciones no giraban en torno a nada que no fuera aquella sobrevenida oscuridad en mitad del día, su irrepetibilidad y excepcionalidad. Quizá no volver a vivirlo. Nunca.

Una amiga me comentaba que no interesarse por ese tema era estar demasiado con las narices dentro de uno mismo. No entender muy bien lo que somos. O no entender muy bien lo que era aquello. No entender en general.

Todo me pudo y acabé imbuido del canto de sirena colectivo que imbricaba el eclipse. El día D, salí a la calle buscando un par de gafas que me permitieran mirar lo prohibido. No las encontré por ningún sitio pero si me di de bruces con el subrayado de cada conversación en torno al tema. Os prometo que no entré en ninguna tienda, centro comercial o quiosco en el que no se comentase aquello. Me sentí fascinado y apenado a la vez y presa de eso que los jóvenes, como yo, llaman “fomo”. Me iba a perder una experiencia cósmica compartida.

No conseguí ningún plan alternativo. Nada. El eclipse eclipsaba cualquier cosa que me proponía.

Volví a casa resignado.

Conforme se acercaba la hora del eclipse, tracé otro plan. Me senté en la bicicleta estática, para no abandonar mi rutina deportiva de no pensar, apuntando el aparato hacia la ventana. Justo frente a esta, la casa del vecino me serviría de parapeto contra los rayos directos del sol así que no podría ver su luz pero, pensé, sí apreciaría sus efectos: el cambio en la paleta de colores del cielo y… lo que surgiera. Me senté y pedaleé. No noté nada al principio pero, poco a poco, el cielo fue tomando otro color y el aire se perfumó con un aroma más fresco. Dos cambios sutiles pero que me comenzaron a pinzar en el pecho. Era solo el preludio para lo que más me impresionó: los pájaros.

En un desfile inesperado, frente a mi ventana comenzaron a aparecer centenares de pájaros sobresaltados por la falta de luz. Lucían afanados en volver a sus nidos, sorprendidos por una oscuridad imprevista de la que, a diferencia de nosotros, no habían sido avisados. En mi mente, se perfilaron como humanos que acababan de mirar el reloj y a los que se les había hecho tarde para coger el último tren de vuelta a casa. Volaban desesperados como quien duda de si se dejó el gas puesto. Ah, y volaban en grandes bandadas, como si ellos, al igual que el resto de los que me rodeaban, se hubieran puesto por fin de acuerdo para hacer algo todos juntos y a la vez.

Este conjunto de eventos, sumido en mi cansino pedaleo, provocó que me emocionase. Mucho. Bien es cierto que no necesito demasiado para hacerlo pero lo hizo de una forma diferente, derrumbando por completo esa falta de interés de mis primeros días con respecto al eclipse. Yo, solo en mi casa y en mi habitación, sentí que había no presenciado algo único pero que lo había vivido.

Las horas posteriores al eclipse estuvieron incluso más repletas de información que las anteriores. El país al completo se había enamorado de un instante fugaz atravesado por todos. Como resultado, fotografías espectaculares, bailes ridículos, historias compartidas y sí, también ojos malheridos (porque hay más tontos que ventanas).

Yo salí al campo justo después, ya con los ecos vacíos del eclipse, y respiré cierta tranquilidad. El eclipse había pasado pero yo me vi y miré a mi alrededor: todos resultábamos insignificantes con respecto a aquello. Mi amiga llevaba razón: las narices demasiado dentro de nosotros mismos. Los problemas, que no poco me zarandean, supe que terminarían. Y yo terminaría. Y todos los que podía ver. Sin embargo, en algún momento, la luna volvería a pasar por delante del sol y habría otros espectadores y, como resultado, se repetirían otras fotografías espectaculares, otros bailes ridículos, otras historias compartidas y sí, también otros ojos malheridos (porque siempre habrá más tontos que perros descalzos). Por extraño que pueda parecer, aquella levedad del ser, me alivió el pensamiento en lugar de azorarme.

Después de esto, me encontraréis entre los defensores del eclipse y ya reservando mis gafas para el año que viene. Resulta que un momento del cielo unió a todo un país que no cesa en tensarse hacia los extremos. Por un instante (literalmente), algo mayor que nosotros nos unió. Cada uno con un lazo diferente pero, a la postre, unidos. Resultará mundano y anticlimático llegados a este punto pero esto solo ocurre con grandes eventos cósmicos o con España ganando un mundial.

Este fue mi eclipse. Uno de ellos. El solar. Reconozco que es una palabra que utilizo cuando me la encuentro en animales, personas, trabajos, libros, momentos…

Recomendación final: no sean como yo. Disfruten los eclipses.
Eso sí, sobre todo, disfruten del sol y de cada una de sus lunas.

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