He salido del mundo. Literalmente.
Debo pedir perdón por todos estos días que he estado sin actualizar el blog pero necesitaba cambiar de aires así que, si iba a hacerlo, debía hacerlo bien y, de hecho, marcharme donde ya ni aire hubiera.
He tomado algunos de los ahorros que me quedaban de mi anterior vida y, mendigando algo más, he conseguido un pasaje para uno de esos nuevos vuelos para nuevos ricos que te llevan fuera del planeta, te dan una vueltecita a su alrededor y te traen de vuelta para la hora de comer.
Podría desgranar cómo ha sido la experiencia. Podría describir a mis compañeros de viaje, como esa señora de Campo de Criptana que quería ver su casa desde el espacio y llamar a su amiga Pili desde la estratosfera para contárselo; o bien ese otro señor de Cartagena disfrazado de vaquero del espacio venido a menos con una pequeña huerta que cumplía el sueño de su desaparecida mujer.
Podría relatar cómo es comer directamente de un tubo, experimentar la gravedad cero o hacer tus necesidades en una suerte de bolsa con una cremallera de dudable acabado. Podría hablar del entrenamiento. Podría plantearme cómo voy a devolver el dinero que debo. Podría confesar si tuve miedo de irme… o de volver.
Podría todo eso, pero no lo haré. No. Hablaré de algo más pequeño. Mucho más pequeño. Un cartel. Un pequeño y aparentemente poco relevante cartel que vi justo antes de mi reingreso en nuestra atmósfera.
Me explico. Me encontraba mirando por el ojo de buey que tenía a mi izquierda, ignorando las quejas de la amable criptanense por no poder contactar con su Pili, cuando por el rabillo del ojo vi un cartel colgado de la cola de un breve meteorito. Esto nunca se ha contado pero los meteoritos y las estrellas fugaces no son sino anuncios que surcan el universo para mayor gloria de sus pudientes benefactores. Pues bien, en aquel cartel pude leer la siguiente leyenda:
“Están ustedes a punto de volver a la tierra. Sobra gente. Se necesitan personas.
Fdo. Gobierno Federal de la Tierra”.
Como comprenderéis, me quedé altamente impresionado. Me acababa de enterar de la existencia de un secreto gobierno federal terrestre cuya oscurantista elección de miembros desconocía… pero eso no era lo más interesante sino que, dicho órgano gubernamental, fundamentaba sus bases ideológicas en un pensamiento compartido por mí.
Me sentí bien y completo. Resulta que aquella conclusión no era solo una impresión mía. No. La más poderosa organización jamás creada por el hombre sostenía mi misma sentencia: “Sobra gente. Se necesitan personas”.
Llegados a este punto, es posible que os preguntéis: ¿cuál es la diferencia?
La respuesta, una vez más y como en casi todas las preguntas, está en los ojos, la cabeza y el corazón de quién quiera responder.
Para mí, se necesitan personas.
Se necesitan personas que saluden al cruzarse con otros proyectos de, quizá, personas. Se necesitan personas que, sin saberlo, regalen su sonrisa a quien no vive su mejor vida. Se necesitan personas que pidan permiso antes de acariciar a un animal para, justo después, tirarse al suelo si es necesario para parar el mundo en ese instante. Se necesitan personas que disfruten la alegría de otras. Se necesitan personas que mitiguen los miedos. Se necesitan personas que bailen sin temor a no saber bailar (por no hablar de lo de cantar). Se necesita personas que disfruten de la comida… y la bailen también. Se necesitan personas que sepan que saber no es de más sabios. Se necesitan personas que se atrevan a equivocarse. Se necesitan personas decididas a quedar en ridículo como base para cualquier futura buena anécdota. Se necesitan personas que sepan escuchar. Se necesitan personas que lloren cuando la ocasión lo aconseje. Se necesitan personas con buen corazón. Se necesitan personas que comiencen proyectos que acabarán inacabados. Se necesitan personas vivas, que no es lo mismo que con vida.
Se necesitan.
Personas.
Cuando divisé aquel cartel no pude pensar sino en mi lista de requisitos. Me dibujé como el presidente del Gobierno Federal de la Tierra, dando la orden de suspender aquel mensaje debajo de aquel meteorito. La misión quedaría clara. Aceptaría cualquier tipo de inmigración intergaláctica siempre que fueran personas. Todo lo que acabo de explicar y que, al fin, nos convierte en personas.
Sin eso, no nos queda nada.
Sin eso, solo seremos gente.