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Félix Vida Blog

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No es mi cosa

Publicada el 23/08/2026 por Félix Vida

Estoy apostando por hacer cosas nuevas. Apostando. Apunten esa palabra porque tendrá cierta importancia, así que la cambiaré para no confundiros.

Estoy intentando hacer cosas nuevas. El mundo va girando conmigo encima y me desequilibra el pensamiento de que la vida vaya pasando por mí sin yo hacerlo por ella. Esa idea, nada inocua, me empuja a la vez que me arrastra, dejándome a veces en mitad de ningún movimiento. Me preocupa y me ocupa el asunto así que, volviendo al inicio, estoy haciendo cosas nuevas.

No son grandes hazañas, no crean. Quizá ir a la playa solo y leer, quizá forzarme a reencuentros a los que nunca venzo o quizá, abrir la agenda de mi provincia buscando alguna experiencia no antes experimentada. Ayer. Ahí está: “Carreras de caballos en Sanlúcar de Barrameda”. Hagámoslo.

Nada versado en dichas lides, me apunto tres datos buscados previamente en internet. Lo comento con un amigo y me dice que vaya con tiempo porque el aparcamiento suele ser un problema. Almuerzo pronto y hecho en la bolsa cuatro bártulos: una toalla, un libro, un cuaderno (siempre bohemio, nunca imbohemio), protector solar. Aura. La primera carrera será a las seis menos diez así que llegaré una hora y pico antes. Sin problema. Mi nuevo coche me llevará allí.

El camino hasta Sanlúcar discurre sin problemas. Por fin tengo un automóvil cuyo aire acondicionado enfría y eso lo mejora todo. Musiquita. La ciudad no la conozco apenas y los recuerdos que me trae no son los mejores porque la lloré mucho una vez. O dos. Me muevo por las calles con las indicaciones del GPS hasta la zona de la Playa de las Piletas. Me veo obligado a pasar por estrechos callejones que me hacen temer por la carrocería (lo mejor de tener un coche nuevo es arañarlo pronto para evitar miedos) y termino por alejarme un poco de la zona cero de carreras para encontrar un hueco en una zona de grandes casas. Calle Navío. Lo apunto que se me olvidará. Mochila y a la playa.

No tengo ni idea de hacia dónde voy así que camino siguiendo a la turba. Aquí ya, comienzo a comprobar que las gentes que se encaminan al evento son mucha y variada. Alcanzo a comprender que existe una suerte de “dresscode” del cayetanismo ilustrado (abundancia de linos, telas sueltas y zapatos poco apropiados para la arena) que se entremezcla con familias de domingueros tradicionales. Universos contrarios que se unen en pos de la emoción equina.

Veo un recinto grande con colas enormes. Ahí se detienen los linos para acceder al mismo previo pago de 25 euros. Yo, obviamente, sigo. Llegó a la arena y camino sin saber muy bien dónde ubicarme. Escucho conversaciones sobre el chalé que tenía por la zona Carlos Herrera y las tetas de Mariló Montero. Me alejo.

No haber ido nunca se une a la vergüenza que me supone preguntar algo que entiendo que todos saben, así que me dejo guiar por mis instintos y me coloco detrás de una familia que parece preparada para ver el espectáculo. Miro el reloj y queda más de una hora para la primera carrera. Yo no iba a la playa; yo quería ver caballos pero… me tocará hacer tiempo. Extiendo la toalla en la arena, me pongo algo de crema y me siento bajo la sombra de ninguna sombrilla. Aguanto como puedo el sol directo con la ayuda de alguna nube que tiene a bien pasar de vez en cuando para hacerme más fácil la espera. Saco la libreta y escribo un poco sobre algo que no publicaré hoy. Me canso porque me duele la espalda. Cambio. Cojo un libro y leo un rato. En resumen y para que todos me entiendan: dedico grandes esfuerzos a “farmear” aura.

Pasa un tiempo. Veo que se forman hileras de personas en varias casetas que yo había ignorado al llegar. Yo siempre que veo gente agolpada tiendo a pensar que habrá algo gratis. No. Resulta que son apuestas. Yo, inculto de mí, ignoraba que en estos eventos puede apostar cualquier hijo de vecino. Puede y lo hace. Casi toda persona que me rodeaba tenía en su mano un boleto como seña de su pago.

Más allá estas apuestas oficiales, compruebo que hay quien se acerca a pequeños tenderetes regentados por niños en los que también se apuesta. Pequeños establecimientos, libres de impuestos, en los que un niño te paga el doble de lo que apostaste si tu caballo pasa por delante en el momento correcto. Niños. Dinero. Apuestas. Los puto miniSoprano y yo sin saberlo.

La hora de la carrera se acerca. El pueblo se pone nervioso. Al menos, parece que he elegido bien mi sitio y estoy cerca de la meta; eso sí, con muchas cabezas delante de mí. Pienso en por qué no están cerradas las sombrillas y todos veríamos mejor. Pasa una mujer repartiendo unos papeles y yo quiero uno porque son gratis. No sé qué son pero lo quiero. Me acerco a la chica pero esta decide ponerse a andar en dirección contraria justo en ese instante y yo no quiero correr detrás de ella. Anulo el intento algo avergonzado y vuelvo a mi lugar; sin embargo, mi vecina de playa grita a su marido que coja dos folletos y, cuando vuelve, me ofrece uno a mí. Mi corazón blandito agradece el gesto y me hace pensar en que se necesitan personas así. Yo no soy de esas siempre, pero se necesitan.

Ojeo el programa que me acaban de dar y compruebo que está mal impreso. Miro a la pareja y veo que el suyo no, lo cual me hace sentir bien porque ya me jodería que encima se hubieran quedado el malo. En el boletín, lo que se ofrece es la información de la carrera: número de caballos, nombre de ellos y sus jinetes, procedencia, indumentaria… todo. Y más. Junto al nombre de algunas monturas, aparece un número entre paréntesis. No sé qué significa y lo busco en la leyenda al pie. Observo que se trata de aclaraciones sobre ciertos detalles de los caballos en su equipamiento. A saber: visores, anteojeras, tapones y… lengua atada. Sí. Leo “lengua atada” y yo no sé lo que significa pero me da fatiga. Prejuzgando yo aquí, que para eso es mi blog: ¿es necesario?

Mi malestar se detiene ante el aumento de la expectación del respetable. Suena una campanita. La carrera ha comenzado.

Miro hacia la orilla y no veo nada. Sé por dónde han de venir los caballos así que miro en esa dirección. La estampa, con las barcas y el horizonte de fondo, es precioso. La emoción se hace latente y, poco después, cinco caballos aparecen por una curva que puedo entrever entre las cabezas de la gente. Galopan rapidísimo. Es espectacular. Se acercan y entonces lo puedo ver mejor.

Me fijo en todo pero veo a los jinetes incorporados sobre sus monturas. Con una mano, sujetan las riendas y azuzan a los caballos; con la otra, mantienen una fusta con la que golpean en los cuartos traseros del animal con el mismo fin. No sé qué caballo ha ganado pero compruebo que me ha dado mucha pena todo. No lo esperaba. Me agobio. Los que me rodean miran sus apuestas y, la mayoría, se lamentan de su suerte. Yo aguanto la pena y decido: me voy. Ahora. Sé que hay tres carreras más. No me importa.

Camino al coche, voy pensando en que quiero escribir sobre ello. No sé cómo lo haré pero sé que quiero hacerlo. Sí. Escribiré sobre mi cosa nueva que, si bien me alegro de haber experimentado, comprendo que no me hecho feliz. Quizá esté en un momento vital extraño o quizá sea que sigo prefiriendo los animales a las personas.

No pasa nada. No juzgaré demasiado. Mañana encontraré otra cosa nueva que hacer.

Esta, simplemente y como dicen por ahí… no es mi cosa.

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