El problema de escribir no es la falta de imaginación.
Ahora mismo, podría empezar a construir en letras una civilización de pequeñas hormigas que llevan graciosos sombreros cada noche al resguardo de su refugio pero que, con cada amanecer, se los envainan para trabajar porque es necesario mantener las apariencias. Fiesteras pero obreras.
El problema de escribir no es el folio en blanco.
Bueno, podría serlo pero cualquier mal comienzo… ya es un comienzo. Luego: leer y borrar; pero cada vez y con cada grafía, el espacio vacío reinante va encontrando batallas de tinta en su camino que le recuerdan que su blancura es finita. Que al nacer se empieza a morir.
El problema de escribir no es que no se encuentren las palabras adecuadas.
El vocabulario puede enriquecerse y ajustar, cual zapato de Cenicienta, cada término a su momento. No es un trabajo sencillo, pero puede realizarse con cariño y mimo. A golpe de consulta en la red, encontramos un universo de sinónimos y antónimos que alguien recogió por nosotros. Efectivamente y jamás. Y todo lo contrario.
El problema de escribir no es ninguno de estos.
No para mí.
El problema de escribir es la censura de uno mismo.
Es quedarte entre temblando y agotado porque tienes miedo. Porque lo que quieres reflejar nunca será lo que quede reflejado y tampoco será entendido como tú lo quisiste dar a entender. Entonces dudas, te bloqueas y sientes que no merecerá la pena. Lo que vino a tus dedos se marchó y todo tiembla. Ninguna tecla está donde debería. Ni tú tampoco. Quieres hacerlo pero no sabes cómo y, a lo peor, tampoco sabes por qué. Ninguna historia está libre de ti mismo pero no deseas contaminar nada de ti porque entonces serás tú. Y no te gusta ser tú.
Te miras a un espejo que no te devuelve nada. Solo te mantienes constante a ideas invisibles que ya son adolescentes. Deseas ser creativo pero tienes un bisturí que te abre por en medio y entonces brota un color que no reconoces pero que te hace sentarte en mitad de la escalera con la cabeza hundida en las manos. Y pasa otro día que se hace tarde. Esperas porque eres perro manso sentado frente a la puerta escuchando unas llaves que nunca abren la puerta.
Entonces gritas. Pones algo de música y cantas y bailas. Y te sientas a escribir sin saber qué escribir pero sabiendo que necesitas eliminar el bloqueo de la nada que todo lo llena.
Y te das cuenta que no hay ningún problema con escribir.
Te das cuenta de que el problema vive aún más cerca de ti.
Y le das a publicar simplemente porque necesitas avanzar.
Pero hoy no será nada.
Mañana… ¿qué será?