– ¿Otra vez? Y ahora en mis cajones… ¿Se puede saber qué buscas?
– Nada.
– Nadie busca nada tan desesperadamente.
– ¿Y tú? ¿Qué ocultas?
– Nada.
– Nadie oculta nada tan desesperadamente.
– Puedes seguir buscando. Puedes remover el cajón y poner del revés el mundo pero no lo encontrarás ahí.
– ¿El qué?
– Lo que quiera que sea que estás buscando.
– ¡Pues lo necesito! Y sabes bien que lo necesito porque si no, voy a enloquecer.
– ¡Pero es que no sé qué es lo que quieres!
– ¡Claro que no lo sabes! ¡Ese es el problema!
– Déjame que te ayude.
– ¡No! ¡No quiero! No serviría si me ayudas.
– ¿Puedo, al menos, mirar mientras lo buscas?
– ¿Por qué? ¿Tienes miedo de que lo encuentre?
– No, joder. ¡Lo estoy deseando!
– ¿Qué estás deseando?
– Que lo encuentres.
– ¿Qué quieres que encuentre?
– Lo que quiera que sea que estás buscando.
Continuó. Sacó todo hasta llegar al fondo del cajón. Apartó un breve cuaderno de pasatiempos y, bajo él, un pequeño espejo le devolvió su propia mirada.
De pronto, comenzó a llorar. De pronto, lo comprendió.
Llevaba tanto tiempo buscando, que se había olvidado de encontrarse.
