Quizá, por fin, esa mujer le devolvía la llamada. Esa misma que, antes de dar un portazo para marcharse le juró, ironías del destino, que volver a llamarlo sería lo último que haría en su vida.
Quizá, a la altura del piso veintiocho, el móvil de aquel hombre sonaba para notificarle que le habían condonado aquella deuda. La misma por la que primero su mujer se había marchado. La misma por la que, además, llevaba ya veintiocho días durmiendo en la calle, fuera del que había sido su piso hasta que le desahuciaron.
Quizá, obligado por todo ello, cambió de trabajo y por eso saltó. Convertirse en especialista de cine para rodar escenas peligrosas en grandes superproducciones nunca había sido su sueño pero estaba bien pagado y ahora, sin pareja y sin piso… tenía que arriesgar. El problema es que los de producción tardaron doce plantas en darse cuenta de que las medidas de seguridad no eran suficientes.
Y quizá, muchos otros quizás.
Quizá una enfermedad incurable encontró la cura en ese mismo instante. Ya tarde.
Quizá la máquina antigravedad había dejado de funcionar en el peor momento posible.
Quizá una foto de su hijo secuestrado que seguía con vida.
Quizá un beso. Un “te extraño”. Un “no lo hagas”.
Quizá un “te quiero”.
Todavía.
Entonces el hombre desea volver al piso cuarenta y cambiar, quizá, de decisión. Quizá, decidir no dar el paso. Quizá, decidir vivir de otra manera. Quizá, decidir mejor.
Y quizá, comprender, que quizá la vida también son decisiones.