Casi me caigo. Me he plantado en mitad del patio a dar vueltas y a dejarme llevar. Luego, un bolígrafo y una libreta. Debería haber hecho este ejercicio antes de desayunar.
Me preocuparía no entender mi letra por escribir mareado si no fuera porque mi caligrafía habitual ya es horrible.
Desde fuera debe verse ridículo. Afortunadamente, nadie me ha visto. Desafortunadamente, casi nadie nunca me ve.
He sido como un niño en mitad de un parque que no se tiene más que a sí mismo para llenar la tarde. Desde fuera, loco; desde dentro, vivo.
No he seguido los consejos. No quité los objetos puntiagudos. Confié en mi estabilidad.
Las perras, ellas sí me vieron. Ladraron un poco viendo al loco haciendo el loco.
Se comienza a parar esta borrachera falsa sin alcohol. Volveré a girar, esta vez, en sentido contrario.
Esta vez he cerrado un poco los ojos. No lo recomiendo pero no por el mareo sino porque piensas más. No recomiendo pensar aunque no sé no hacerlo.
Mientras giraba, el pecho se aliviaba de su natural peso y los brazos se dejaban volar. Soy un pájaro de esos que se me mueren.
Bailo como en un desfile de cabezudos. Mi madre me soñó así una vez.
Mierda. Estoy volviendo a pensar. Últimos giros. Última pausa.
Sentado. Se gira la mesa y yo con ella. ¿Acaso no vivo ya girado?
Soy un niño que se oculta. Imagino que lo hago porque soy demasiado mayor.
Me gusta la gente que se ilusiona con nada. Me gustan los que se animan. Me gustan las personas que se siguen riendo de verdad.
Me gusta la risa.
Y girar. Y parar.
Y la risa.